Sobrecarga informativa 

Cuando la información nos abruma
sobrecarga informativa
Sobrecarga informativa

Te levantas y, antes de entrar en la ducha, ya has puesto la radio. Te provoca cierta ansiedad llevar cinco o seis horas sin saber qué pasa ahí fuera.

Mientras desayunas consultas el móvil: primero wasap (siempre hay alguien que ha escrito durante la noche); luego  espías las vidas (digitales) de los otros, además de mirar, solo un momentito, cuanto te va saliendo al paso por el camino: recetas de cocina, cómo dejar de fumar, decoración, viajes…

En el trabajo, antes de enfrentarte al correo desbordante de mensajes, una ojeada rápida a los titulares de un par de periódicos digitales.

Y, al final del día, has perdido la cuenta del número de veces que interrumpes tus tareas para consultar algo en el móvil, el ordenador o la tableta: el tiempo, las cuentas del banco, el calendario, cuántos pasos has dado…

Este comportamiento, ya cotidiano para todos, y su cúmulo de consecuencias, recibe distintos nombres, pero todos aluden al mismo concepto: sobrecarga informativa.

Sus síntomas: ansiedad, frustración, angustia, bloqueo, indecisión, impaciencia, falta de concentración, desmotivación, irascibilidad, agotamiento mental…  

Según un reciente informe, los españoles pasamos en 2018 una media de 61 horas semanales inmersos en nuestros teléfonos, que apenas utilizamos para hablar con alguien. O, lo que es lo mismo, 2 días y 13 horas.

Pero tranquilos, a esto también le hemos puesto nombre: nomofobia, es decir, dependencia del móvil. Esa que todos negamos y que todos padecemos, en mayor o menor grado.

Aunque, si insistimos en no querer encajar en ese grupo, quizá lo hagamos en otro: el de los seriófilos, que son el equivalente al ya obsoleto “teleadictos”. Porque, según el mismo informe, en España pasamos una media de tres horas ante la televisión de toda la vida o en las distintas plataformas de contenidos.

El escritor Alvin Toffler fue el primero en prever las consecuencias de los avances tecnológicos en la sociedad y acuñar el término de “sobrecarga informativa” Clic para tuitear

 

Un concepto no tan nuevo

Así que, como vemos, el problema no es solo el móvil, que simplemente se beneficia de su menor tamaño y de la comodidad que supone llevarlo siempre encima. El problema real es la necesidad autoimpuesta y constante de gestionar una ingente cantidad de información de todo tipo que surge de cientos de fuentes y soportes de manera simultánea.

El escritor Alvin Toffler fue el primero en prever las consecuencias de los avances tecnológicos en la sociedad y acuñar el término de “sobrecarga informativa” (information overload). Aunque esta idea podría parecer muy reciente, lo hizo en su libro Future Shock, escrito en 1970.

Hoy día, el concepto ha sido actualizado por el psicólogo británico David Lewis, y se denomina “síndrome de fatiga informativa”. Aunque también hay quien prefiere otros términos, como infoxicación o infobesidad.

Es la primera vez en la historia que nos encontramos en esta situación. Hace no tantos años, también éramos capaces de acumular considerables cantidades de información (¿quién memoriza hoy los números de teléfono o direcciones de sus allegados?), pero quizá solo sobre aquellos asuntos que nos atañían muy directamente por razones laborales o personales. Ahora, en cambio, necesitamos saberlo todo, sobre todo, todo el tiempo.

 

¿Cómo nos afecta?

Esta servidumbre trae consigo algunos problemas cuyas consecuencias, en algunos casos, veremos a largo plazo: los adolescentes, por ejemplo, pasan casi más tiempo en el mundo digital que en el real, y esos frágiles lazos que establecen con su entorno tienen implicaciones afectivas que afectan a su madurez.

La omnipresencia de las redes sociales, por otra parte, está contribuyendo a ofrecer una falsa percepción del mundo, de los demás y de nosotros mismos. La obsesión por transmitir felicidad, belleza y éxito establece una presión que puede llegar a ser insoportable si nuestras vidas no se acercan al patrón ideal tanto como debieran, especialmente entre los usuarios más jóvenes.

En el ámbito de la información de actualidad también se produce un contagio evidente: la competencia por captar la atención, tan dividida, de los usuarios, lleva con demasiada frecuencia a una dramatización de la realidad. La información aquí es igualmente excesiva y sesgada en un altísimo porcentaje.

El sensacionalismo se instala en todos los medios y se magnifican hechos tan cotidianos como la información meteorológica, por ejemplo, con puestas en escena televisivas dignas del mejor periodismo de guerra, para advertirnos, atención, de la llegada del invierno. Noticia que el calendario nos da todos los años con la mayor naturalidad.

 

¿Cómo establecemos límites?

Todos somos conscientes de las consecuencias de este bombardeo sin fin. Pero, por el momento, no parece haber un interés colectivo por establecer mecanismos de control que alivien la incesante sobrecarga informativa.

Y hay un hecho paradójico: si hacemos una búsqueda, cómo no, en Google, para indagar sobre esas posibles herramientas, encontramos la respuesta en forma de nuevas aplicaciones de móvil para, se supone, ayudarnos a desconectar del mismo, pero cuya personalización exige una inversión importante de tiempo y atención por parte del usuario. ¿De verdad necesitamos que el móvil o el ordenador asuman la responsabilidad de desconectarnos y devolvernos al mundo real?

Quizá la solución sea más sencilla, y esté tan al alcance de la mano que la hayamos pasado por alto. ¿Qué tal comenzar a recortar aquí y allá unos minutos al exceso, para ir adaptándonos a un menor volumen de información y poder gestionar la que recibimos de modo más racional?

Podemos empezar por dejar de robar horas al sueño y despedirnos de cualquier dispositivo 15 minutos antes de lo habitual; o imponernos un horario de consulta de wasaps y redes sociales, de modo que detengamos la compulsión de entrar cientos de veces al cabo del día. Guardar el móvil el rato que estemos tomando un café con alguien sería, además de liberador, una muestra de buena educación casi pasada de moda.

Y, finalmente, levantarnos, salir a caminar y mirar alrededor, en lugar de sentarnos a escudriñar la pantalla en la que transcurren las vidas de los otros, tal vez nos ayude a cambiar la perspectiva y a recordar que siempre es mejor ser actor que espectador de tu propia vida.

Inma Molina

Inma MolinaUncategorizedSobrecarga informativa  Cuando la información nos abruma Te levantas y, antes de entrar en la ducha, ya has puesto la radio. Te provoca cierta ansiedad llevar cinco o seis horas sin saber qué pasa ahí fuera. Mientras desayunas consultas el móvil: primero wasap (siempre hay alguien que ha escrito durante la noche);...Tu sitio de prácticas web en línea